25 burros

MI HERMOSA LAVANDERÍA

Los incendios, esa lacra de la que no parece que nos vayamos a librar nunca, desnudan el suelo y cuando la lluvia cae (a destiempo casi siempre) arrastra la tierra hasta que sólo queda la roca pelada. Así se convierten los bosques en desiertos. Cada vez más. Cada vez más cerca. Paseo estos días por una región que conozco bien, que ha sido duramente castigada por múltiples incendios. La última vez pude ver cómo las llamas avanzaban inexorablemente hasta mi casa a una velocidad inaudita. Sentí la vibración de los helicópteros y el ruido de la descarga de agua sobre el crepitar de las llamas. No olvidaré los panales de miel echando humo, los aullidos de los caballos y las ovejas siendo evacuadas y el rostro demudado de la gente que perdió su casa, sus bosques, sus tierras. Entonces experimenté una impotencia desconocida mientras me preguntaba si debía huir o quedarme manguera en ristre. Naturalmente, los guardias forestales me hicieron salir. El olor a quemado y desesperación persistió largo tiempo. Dos años después, la huella oscura de los árboles arrasados todavía se puede ver claramente. Y caminar entre las laderas pobladas de troncos negruzcos es un recordatorio constante de lo que ocurrió. Ha habido, por parte de la Diputación y los habitantes de la región, un duro trabajo de limpieza de la zona. Lenta, tímidamente vuelve el verdor a las colinas. Pero harían falta años sin incendios, con lluvias regulares, sin destrucción, para que todo volviera a florecer como antes. Estamos ya en julio y las temperaturas no paran de subir, no ha llovido en semanas y todos los que tenemos alguna vinculación con el lugar pisamos la tierra seca con ansiedad y rezamos para que a nadie se le ocurra hacer nada -segar el trigo a 40 grados, hacer una barbacoa, tirar una colilla o una botella de cristal- que provoque otra catástrofe. Ahora, hace unos meses, han soltado 25 burros para que vaguen libremente, se coman los matorrales que propagan el fuego y aplasten contra el suelo las ramas sueltas que quedan después de la limpieza del bosque, que también son muy peligrosas cuando se produce un incendio. Esta práctica, que se viene realizando en algunas regiones de Europa, es relativamente barata, pero debe hacerse sistemáticamente, no sólo una corta temporada aislada. En el pasado, cuando ganados de todo tipo poblaban los bosques, el ecosistema se regulaba a sí mismo. No necesitábamos utilizar a estos animales adorables que ahora trotan libremente y llenan el valle cada tarde de rebuznos. Los miro desde lo alto, vagar, comer, correr, acariciarse. Son blancos con manchas oscuras, ocres, marrones, negros. No sé cómo se llaman, pero me caen mil veces mejor que muchos que utilizan la palabra ‘burro’ como insulto. Estos burros son infinitamente más inteligentes y útiles que ellos. Y mucho más monos.